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Inicio Colecciones  C1710 Estudio de algunos Elementos Constructivos, propios de la Construcción Musulmana.
C Rama Construcción
C1 Rama Historia de la construcción
C17 Rama Arquitectura Islámica
C171 Rama El islam
C172 Rama Características de la arquitectura islámica
C173 Rama El hábitat del pueblo musulmán
C174 Rama La construcción doméstica. La casa árabe.
C175 Rama La arquitectura religiosa
C176 Rama La Qubbat Mausoleo o el Santuario Funerario
C177 Rama La Mezquita Iraní o Madrasa y La Mezquita Otomana de espacio centralizado
C178 Rama El palacio
C179 Rama Caravansares y Jans.
C1710 Rama Estudio de algunos elementos constructivos
C1711 Rama Aspectos singulares de la decoración
C1712 Rama El entorno social y gremial

 

El capítulo de Estudio de algunos Elementos Constructivos, propios de la Construcción Musulmana se desglosa en los apartados: EL ARCO Y LA BÓVEDA EN LA CONSTRUCCIÓN MUSULMANA y TÉCNICAS SINGULARES EN LAS FÁBRICAS DE LADRILLO.

ESTUDIO DE ALGUNOS ELEMENTOS CONSTRUCTIVOS, PROPIOS DE LA CONSTRUCCIÓN MUSULMANA.

Aunque nos hemos repetidos excesivamente señalando, desde el comienzo de este trabajo, la predisposición receptiva de los árabes para adoptar o tomar elementos y técnicas de los pueblos conquistados, hemos de admitir que para determinados elementos y formas constructivas, que debieron ser muy de su gusto, lograron un enorme desarrollo, pudiendo afirmarse que en esta evolución forjaron su propia tradición constructiva. Del mismo modo lograron establecer una fabricación de elementos seriados, que puede tenerse como una verdadera industria de producción artesanal, la cual repitieron con singular maestría e idéntica calidad en todo su vasto territorio. Bajo este crisol, los elementos resultantes, que siempre se trazaron para ser repetidos, quedaron dotados de unas características nuevas, propias del sistema de ejecución y de su seriación e impusieron en la construcción esa característica peculiar, unificadora y artesanal, propia de la arquitectura islámica.

 


1.- EL ARCO Y LA BÓVEDA EN LA  CONSTRUCCIÓN MUSULMANA.

Aunque los diferentes tipos de arcos que con tanta frecuencia utilizó la construcción musulmana eran ya conocidos y empleados por los constructores de períodos o civilizaciones preislámicas, es obvio que el arco es uno de los elementos constructivos consustanciales al edificio musulmán. Así, podemos hablar del amplio desarrollo que el arco encontró en este período, y aunque tampoco podemos asociar una determinada forma de arco en correspondencia con un tipo de edificio concreto, es cierto que determinados arcos encontraron una cierta preferencia. Así, pudo ocurrir con el arco apuntado o con el arco de herradura, aunque es probable que estos fueran aceptados y utilizados, por tenerse como formas muy experimentadas y sin que mediara un apropiado estudio de sus cualidades o capacidades mecánicas.

La arquitectura musulmana, no buscó nunca en el arco un elemento capaz de salvar grandes vanos, ni lo tuvo como reto para producir espacios definidos por grandes luces, de manera que si demandaron del arco alguna exigencia, a parte del gusto por la forma, esta fue la de superar alturas; así vemos como los arcos entrelazados, apuntados o rampantes, de la Mezquita de Córdoba, esconden una estructura de arcos de medio punto, de radios mayores y ocultos, que proporcionan una clave situada a mayor altura que la que, con este mismo arco, obtendrían si su diámetro fuera la distancia entre dos apoyos contiguos.

Buscando motivos históricos que justifiquen estas preferencias por las formas arqueadas, podríamos encontrar razones de apego a ciertas tradiciones locales y formales, asociadas o tenidas como propias de los distintos períodos que, finalmente, se limitarían a motivos puramente compositivos en relación con la altura de la fachada, como podríamos decir de la ya justificada razón del arco parabólico, de origen persa, magníficamente realizado en Bursa y en El Cairo. Podemos, incluso, encontrar razones mecánicas en el caso del arco apuntado por tener este mayor capacidad para recibir carga puntuales en clave, pero ambos arcos fueron aceptados como idóneos, sólo por su adecuación para elevar las arquerías que habían de apear los techos, como podemos ver en el Jan de Azad.

Siendo en su origen, la arquitectura musulmana, una construcción adintelada, muy pronto en razón a la falta de tradición constructiva y a la fácil contaminación de las formas locales, así como a la amplia participación de obreros experimentados, sirios, griegos y sasánidas, que traídos de otras regiones, establecieron su vieja y consolidada experiencia e hicieron que el arco y otros muchos elementos constructivos, inicialmente extraños, pasaran a formar parte, de forma natural, de la construcción musulmana, llegando incluso a entenderse ésta, sólo por la presencia de dichos elementos.

Si dijimos que la arquitectura romana tomó a la columna y al entablamento del helenismo griego, para superponer una decoración arquitrabada sobre su ruda estructura, de herencia etrusca y traza mural perforada de arcos, vemos aquí como la arquitectura musulmana retomó el arco para resolver problemas de apeo en el sistema adintelado, propio de la arquitectura mediterránea.

El "arco de medio punto" se introduce y permanece en la construcción musulmana,  proveniente de la Siria bizantina, desde el inicio del Islam. La construcción pétrea se había desarrollado en Siria con perfecta ejecución romana y había sido aceptada y construida con idéntica maestría por la construcción persa de los partos. Con Justiniano el arco de medio punto, como cualquier otro elemento, quedó impregnado del carácter decorativo de  la arquitectura bizantina. Con la llegada de los árabes este arco fue tomado y construido, con todos sus aditamentos bizantinos, de manera que con toda normalidad, no hizo más que continuar su tradición. De este tipo lo encontramos construido, con su perfecto trazado, en La Cúpula de la Roca en Jerusalem, y, como tantos otros tipos de arcos, se engalanó con la construcción islámica, mostrando su intradós recargado de múltiples lóbulos y, en ocasiones, cegando su vano con planos de celosías, e incluso con cortinas de mocárabes. Así, tomando y combinando todos estos elementos decorativos, lo hemos visto en la Alhambra de Granada, en la Madrasa de Fez y en las grandes portadas de los caravansares de Konya.

El "arco apuntado" fue sin duda el elemento más propio y generalizado de la construcción islámica. Este puede tenerse como una creación original de esta arquitectura, a pesar de que su origen o inspiración debe tener su raíz en las bóvedas de ojivas de la construcción sasánida; incluso podría comprenderse que en la última etapa persa fuera frecuente como elemento de la construcción doméstica, lo cual justificaría que al final del siglo IX apareciera perfectamente desarrollado en algunos edificios armenios, como hemos visto en la Iglesia de la Santa Cruz de Aght'amar. Sobre todo porque armenia había permanecido cerrada en sí misma, ajena la expansión musulmana, y con sólo algunos contactos con Constantinopla. Así podríamos admitir que algunos constructores sasánidas lo llevaran a Armenia y que los árabes encontraran soluciones en territorio sasánida. Pero el hecho de que ya a mitad del siglo VIII apareciera, perfectamente construido en el palacio jordano de Msatta, tras haber sido ensayado tímidamente en la arquería de La Cúpula de la Roca en Jerusalén, así como que encontrara tanta aceptación y que se difundiera con tanta normalidad y frecuencia por todo el vasto territorio del Islam, desde la lejana India hasta nuestro arte mozárabe, hace que podamos, sin ningún pudor y sólo con relativa generosidad, adjudicarle, a la arquitectura musulmana, la paternidad del arco apuntado.

El arco apuntado tomó distintas formas, así lo podemos ver perfectamente trazado con sus dos ramas curvadas, simétricas, de dos centros, en la  conocida Mustansiriyya de Bagdad, en la Mezquita de Al-Qatai en El Cairo y en la Puerta de Almocába de Ronda, en la provincia de Málaga.

La forma más frecuente fue la de intradós mixtilíneo, en el que la parte curva se remonta hasta los riñones y, a partir de esta altura, éste se resuelve con una línea recta más o menos tendida hasta alcanzar la clave. De esta manera podemos observarlo en la Mezquita Sayj y en todas las construcciones de Isfahán. En Egipto, los iwanes de sus madrasas tomaron con enorme frecuencia esta solución. En las construcciones hindomusulmanas, como ocurre en los grandes iwanes del Taj Mahall, esta forma se afila en clave como invitando al arco conopial.

Igualmente, la forma apuntada acompañó con gran frecuencia al arco de herradura. En esta forma podemos verlo en cualquier construcción musulmana de nuestra Península, donde el arco de herradura estaba muy enraizado desde tiempos visigodo e hispanorromano, traído probablemente por la construcción cristiana proveniente de Armenia y Asia Menor. Apuntado, curvilíneo y de herradura, de realización nazarita, lo encontramos en la Puerta del Vino y en la magistral Puerta del Corral del Carbón, ambas en Granada.

Como ya hemos adelantado, el arco apuntado de directriz casi recta, tremendamente esbelto y resuelto mediante mocárabes, fue una solución propia de las portadas de los "caravansares" y otras obras civiles, en las que se denota una vocación de verdadera esbeltez. Su expresión más espléndida la encontramos en el "han" o  Caravansar de 'Alá al-Din Kayqubad, en el corazón de Anatolia o Asia Menor. Este arco, resuelto con mocárabes, constituye una solución frecuente, en La Alhambra de Granada, donde lo vemos en los Pabellones del Patio de los Leones, y luciendo gran elegancia en el arco ciego del fondo de la Sala de los Reyes. Finalmente, podemos ver el arco apuntado, ricamente festoneado de lóbulos en su intradós, en la obra cristiana realizada por maestros nazaríes, en el gran patio del Alcázar de Sevilla.

El "arco de herradura" es probablemente una creación espontánea y ocurrente de algún constructor armenio o de la costa sur de Anatolia. Estas zonas de Asia Menor, rincón norteño y costa mediterránea, fueron prolíferas en geniales constructores cuyas innovaciones constructivas eran absorbidas de buen grado en Constantinopla. El arco de herradura  o traspasado, como le gusta llamarlo a Auguste Choisy, constituye una solución de acabado del arco circular peraltado.

La solución de peraltar el arco de medio punto o de elevar su cimbra por encima de la línea de imposta, además de lograr mayor altura para el vano o para la arquería, presenta la ventaja de sacar la cimbra con mayor facilidad de aquellos arcos en los que la imposta pétrea era muy prolongada. Una vez terminada la construcción del arco circular elevado sobre dichas impostas y retirada la cimbra, se prolongaba la curva de la directriz del intradós, por debajo de los salmeres hasta enrasarlo con el saledizo de la imposta. No obstante, la forma del nuevo arco así conseguido sobrevivió al artilugio constructivo, y si bien encontramos los primeros arcos de herradura construidos de esta manera en el área de Ctesifonte en tiempo sasánida, para finales del siglo V, tiempos bizantinos, vemos como ya en la Iglesia de Alahan Manastir los grandes arcos, construidos en una seria sillería caliza, responden al gusto por la forma de herradura y no al procedimiento constructivo antes descrito.

La divulgación del arco de herradura en nuestra Península es muy anterior a la llegada de los musulmanes. La iglesia de San Juan de Baños en la provincia de Palencia, resuelta mediante arcos de herradura de perfecto trazado y belleza, llevaba más de cien años construida cuando se comenzó la construcción de la Mezquita de Córdoba, que se tiene como la primera gran obra musulmana en España.

El arco de herradura, en tiempo islámico, se engalanó y admitió materiales y formas muy diversas. Con dovelas alternadas, estucadas, lo podemos ver en la preciosa Puerta de San Esteban, en la Mezquita de Córdoba y en el, no menos bello, arco del Mirhab de la Aljafería zaragozana, donde la obra califal cordobesa realizó una de sus obras maestra. Como ya hemos dicho, el arco de herradura, ya en tiempo musulmán, tomó soluciones de apuntado y con mayor frecuencia acogió lóbulos en su intradós. Así, de herradura y lobulado lo podemos ver en una de las arquillas de la Sala de la Barca en la Alhambra de Granada.

El arco de herradura apuntado, de directriz mixtilínea, de clara traza y aire oriental, tomó empinamientos y amplitudes muy variadas, y fue ejecutado con igual maestría tanto en ladrillo como en piedra. Perfectamente recercado de mocárabes descolgados, fue frecuente en el Este del Irán y en La India.

El "arco lobulado", que arrimando sus arquillos hasta unirlos en aristas vivas produciendo el "arco angrelado" es probablemente una germinación lógica, que partiendo de un pequeño arco de herradura que resolvía una ventanilla estrecha, tuvo que multiplicarse simétricamente, al ensancharse el hueco, originando el arco trilobulado o pentalobulado, para pasar más tarde a un mayor número de lóbulos, devaluándose, estos arquillos, en su carácter mecánico y funcional, hasta adquirir un festoneado de aspecto decorativo del intradós.El paso de arco polilobulado al arco angrelado es sólo una cuestión de gusto.

Enmarcar los arcos dentro de un rectángulo, tampoco es algo nuevo que pueda atribuírsele a la construcción musulmana, recordemos que ya en la Puerta Marzia de Perusia, en el siglo II a.C. encontramos al "alfiz" realizado por los etruscos y que, en Siria, los partos siguiendo las propuestas romanas de los arcos de triunfo, lo incorporaron a la construcción persa para enmarcar el iwan del Palacio de Asur, en el siglo II d.C.. Ya en tiempo sasánida, siglo IV, lo encontramos en los palacios de Bichapur y en Sarvistán; no obstante, este es uno de esos elementos que revestido de azulejos o desnudo en sus ladrillos y adelantado del plano de la albanega viene a explicar la estructura adintelada que acompañó, de forma semivelada a la arquitectura árabe. Recargado de yesos con decoración caligráfica, contribuye, en La Alhambra, a la afamada riqueza de sus palacios. Azulejados con la rica cerámica, azul turquesa, contribuyó en Irán y Turquía a generar ese mundo mágico, del que ya hemos hablado suficientemente.

La bóveda para el árabe no tuvo connotaciones sagradas. El árabe cuando reza no mira al cielo, la posición orante del musulmán le sitúa en la mayor sumisión y bajo la cual, toda persona es igual a cualquier otra. En su encuentro con Alà se despoja de su entorno, incluso cuando reza en su casa no lo hace en familia sino en la absoluta soledad. Ni siquiera puede decirse que la situación espiritual se engrandezca delante del mihrab. Debajo de las bóvedas que cubren las macsuras se han ido sucediendo los asesinatos de los califas y gobernantes. Así, ni la bóveda ni el mihrab han impuesto en el musulmán mayor respeto ni recogimiento divino. No son más que extremos de la dirección de oración. Sólo los monarcas han podido ver en la cúpula un mayor esplendor o poder material del edificio y el lujo o riqueza de una zona del palacio. En el palacio de Topkapi las mejores bóvedas fueron las de las cocinas.

Al menos en la primera construcción árabe, la bóveda no se asocia definitivamente al edificio religioso, en todo caso es mas propia del edificio funerario. En la arquitectura doméstica la forma abovedada era la manera más modesta de procurarse una casa sin tener que recurrir para ello a la madera, pues salvo para las techumbres de ramajes, ésta requería la participación de miembros de fuera de la familia y, desde luego, unos gastos de transporte que sólo los adinerados podían soportar. Puede decirse que la arquitectura musulmana, que tanto se enriqueció del uso de la bóveda, vino a descubrir que no hay una función, de un local, que requiera la presencia de ella, ya que la impropiedad de uso determinado de los espacios de la arquitectura musulmana no impone mayor condición formal. Debajo de una bóveda puede alojarse una macsura, de la misma forma que puede alojarse un almacén, una cocina e incluso, una letrina.

Como hemos visto al estudiar las diversas torres de las murallas de la Alhambra, la arquitectura musulmana construyó todo tipo de bóvedas, sin mostrar mayor predilección por una u otra. Fueron construidas en las formas en que tradicionalmente se hacían, sin subordinación a un determinado tipo de material de construcción, y con total sumisión a la práctica frecuente. Así hemos visto desde la gallonada, de la Puerta de las Armas, a la de aristas, de la Torre de la Vela, pasando por la de cañón, de los Baños Reales. No obstante, coincidiendo con momentos de gran actividad constructiva y cultural, surgieron formas de verdadera originalidad, tanto por su singular trazado, como por su particular manera de ejecución.

De singular hemos calificado a la sin par artesa de bóvedas asociadas de la Torre de las Infantas, de La Alhambra, otro tanto hemos dicho de las cúpulas de madera de la Mezquita de Damasco y de La Cúpula de la Roca. También tenemos como originales, la construcción de las bóvedas de ladrillos por tajadas, con forma de bulbo o sin él, tan frecuentes en la arquitectura doméstica de Irán y Arabia. Pero a las que queremos referirnos en este apartado son a aquellas que surgiendo de momentos de auge edilicio, crearon escuela y se han repetido hasta nuestros días. Así, ocurre con la bóveda de nervaduras cruzadas propia del momento califal cordobés, siglo X, y con la bóveda de poligonalización de los iwanes iraníes, surgida en lsfahán hacia el siglo XVI, y en las se tienden arcos apuntados, casi ojivales, cojos, tabicados y estructurales, salvando los rincones y originando la fragmentación de la plementería, dotándola de mayor inercia mecánica, mediante las nervaduras que establecen dichos arcos ojivales. Igualmente tenemos como originales las bóvedas piramidales de plegaduras, o chapiteles que propuso la construcción armenia durante este período musulmán.

En relación con las bóvedas de nervaduras cruzadas, que ampliamente han sido estudiadas al tratar la Mezquita de Córdoba y en la que arcos circulares salvan la planta cuadrada dejando libre el centro de la bóveda, sólo queremos destacar aquí la complejidad que mantiene la bóveda de la Casa nº 3 del Patio de Bandera de Sevilla, así como su magnífica resolución. Los nervios que arrancando desde los puntos medios de los lados y que divergen hasta encontrar los lados contiguos, se cruzan con los otros nervios a alturas distintas, de manera que las intersecciones se producen con mayores dificultades.

2.- TÉCNICAS SINGULARES EN LAS FABRICAS DE LADRILLO.

Aunque los árabes construyeron en cada lugar con el material local, puede decirse que es la construcción en ladrillo la que ha definido a esta arquitectura. Por otro lado la arquitectura árabe que en materia de construcción doméstica mantenía una gran libertad y casi ningún control en la forma de construir y en los materiales a emplear, cuando se trataba de un edificio público, soportado por el estado o por un gran mecena, y mínimamente monumental, se nombraba un almotacén o persona celadora de las dimensiones de los materiales y de las proporciones de las mezclas. A este le correspondía velar por los patrones de los ladrillos, el grueso de las tablas y las dimensiones de las escuadrías de las vigas.

En estas obras de carácter monumental, los trazadores jugaban un papel fundamental, fijaban los patrones de los ladrillos y con estos se fabricaban las gradillas en las que habrían de moldearse los ladrillos. Los patrones y las muestras de los ladrillos quedaban a cargo del almotacén, que era tremendamente exigente, castigando fuertemente a los malos fabricantes.

Los árabes usaron con mucha frecuencia el adobe o ladrillo crudo, secado al sol, para los que usaban cualquier tierra arcillosa, arena y paja, que tras un secado de no más de 48 horas, protegido de la lluvia y del sol directo, quedaban listos para ser colocados. El adobe era el material económico y domestico, que era colocado por quien lo hacía, y por esta razón de economía no pasaba al horno; pero en la obra pública y cuidada, los ladrillos elaborados con arcillas escogidas, después de 72 horas de secado en las condiciones citadas, se sometían a cochura, por un tiempo también de tres días, en grandes hornos de pila que se cargaban y descargaban por la parte superior. Tampoco tiene la construcción musulmana un ladrillo de dimensiones determinadas.

Los árabes emplearon ladrillos de todos los tamaños, desde los pequeños de 10x10x3 cm3., tamaños medianos, cuadrados de 17 o 20 cm. de lado y 4 cm. de espesor, hasta los mayores, del tipo romano de 60x60 cm²., y los rectangulares de 50x25 cm². y de 43x22 cm². y, casi siempre, de 4 cm. de espesor y moldeados en gradilla.

Aunque el uso decorativo del ladrillo estuvo en la arquitectura islámica desde su comienzo, hacia el principio del siglo X, los samaníes haciendo un alarde de las cualidades decorativas del ladrillos construyendo en Bujara el conocido "Mausoleo de los Samaníes" en el que todo el edificio tomó un aparejo, que se ha dado en llamar "de canasta" o de "entretejido" y que consistió en adelantar, en cada hilada, un tizón respecto a su contiguo, y de manera que en la hilada anterior y siguiente se hacía lo mismo pero a tresbolillo, con lo cual resultó una delicada fábrica que parece tejer el entrelazado de cañas con que se hacen las canastas de este material.

Con la construcción selyùcida, el ladrillo toma una nueva dimensión en su uso decorativo. Pequeños ladrillos son utilizados bajo la técnica de los azulejos recortados para componer loseta y constituir aplacados de revestimiento. Las piezas de ladrillos que habían de componer la decoración se colocaban boca-abajo dentro de una caja, en la disposición conveniente. Con polvo del mismo ladrillo se llenaba parte del espesor de la caja y, el resto, se completaba con yeso, hasta cuajar una loseta con la que se aplacaba el edificio. Así lo  vemos componiendo dibujos geométricos de cintas, estrellas e incluso decoración caligráfica, en el mausoleo construido en el siglo XI en Qarrayàn en Irán.            

Más sorprendente aún es la técnica de las incrustaciones en la fábrica, mediante azulejos, marfiles y otras piedras semipreciosas. Para ello, sobre los ladrillos de la fábrica que había de quedar vista, se tallaban con cincel y exquisito cuidado, los huecos dentro del cual se alojarían las piezas rómbicas, circulares o de estrellas que engalanaban al muro.

También podemos ver, en restos de muchos monumentos conservados en el Irán selyúcida, como para aplacar mediante azulejos o azulejar el muro, se dibujaba una perfecta cuadrícula que reflejaba las dimensiones del azulejo. Sobre estas líneas se levantaban gruesas maestras de yesos que tenían la misión de la correcta nivelación del plano de azulejos, lográndose así la perfecta planeidad de la fachada. Los azulejos eran asentados en estas maestras de manera que sus juntas quedaban repletas de pasta de yeso, quedando el centro del mismo, libre de sujeción.

Con piezas especiales y formando parte del propio aparejo de la fábrica mural, se conformó una decoración rómbica, tanto en piedra como en ladrillo, y con tan sólo cuatro elementos repetitivos, se componía una red de lóbulos entrecruzados de trazado mixtilíneo y próximo a una flor de lis, que se repitió con enorme frecuencia a partir del siglo XI por todo el territorio musulmán de occidente. Esta retícula regular y perfecta, orientada a 45 grados con respecto a la vertical, completó grandes planos neutros. En piedra la podemos ver en la Mezquita de Hasan en Rabat y, construida simultáneamente, en ladrillo, en La Giralda de Sevilla. A través de España pasó al mudejar en cuyas construcciones la encontramos aún con mayor frecuencia.

Actualizado 26/03/08

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