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Una y otra oferta, y muchas más que iremos señalando, fueron tomadas por
los períodos neo-sumerios y babilonios, y más tarde por las distintas
etapas de la arquitectura persa, sin que el incendio y la destrucción de
Persépolis por Alejandro Magno, ni el filhelenísmo parto, mermaran su
huella.
Los medos, pueblo indoeuropeo e iranio que ocupaba la región "Media", al
menos desde el siglo IX a.C., se alinearon con los babilonios para acabar
con el poder asirio (612 a.C.). Aquellos, constituían una raza fuerte y
potente pero, a diferencia de los babilonios, no tenían ningún espíritu
imperialista. Más tarde, de entre las inquietas tribus del Sur, surgió
Ciro, de la familia de los aqueménidas, que había sido amigo y vasallo de
los medos y que acaudilló a los persas contra la alianza medo-babilónica.
Después de varias contiendas, el año 539 a.C., Ciro tomó Babilonia y se
proclamó "Rey de los Cuatro Confines".
Como ya hemos apuntado en la breve reseña histórica con que hemos abierto
este capítulo, durante las dinastías aqueménidas, el imperio persa-babilonio
abarcó desde Asia Menor hasta la India e incluso, incorporó a su
territorio el norte de Egipto, llevando sus fronteras por el Mediterráneo
hasta Cirene, más allá de Alejandría.
Los edificios propios de la etapa aqueménida son sin duda el palacio y la
casa, y ambos son consecuencia heredada del palacio babilónico, el cual no
era más que la casa asiria que multiplica sus dimensiones, el número de
sus estancias, su suntuosidad y representatividad, elevándola hasta la
categoría de palacio. No obstante, la casa persa manifestaba, en el
desarrollo de su programa, su concepción nómada, y es cierto que de algún
modo, la actividad edificatoria de este período, digna de mención, se
reduce o se centra en la construcción del palacio. Este, se manifestó como
la primera construcción persa con vocación sedentaria y de entorno, en
tanto que la vivienda era de adobe, de muy pobre programa y aspiraciones,
y se correspondía con el carácter de una sociedad libre de los citados
vínculos sedentarios. Incluso los primeros palacios-ciudadelas, como es el
caso de Pasargada, por la disposición de los edificios, la forma circular
del recinto y la cerca, que más que defensiva trataba de definir los
límites del territorio del recinto palaciego, mantenían ese mismo sentido
de enclave de corta parada.
Por ello, cuanto se ha dicho en relación con que durante este período
aqueménida, sólo el palacio requería los servicios y atención de los
arquitectos y constructores, puede ser admitido como cierto desde la
perspectiva del historiador que ha de remitirse a edificios singulares. El
estudioso de la construcción ha de encontrar datos y
razones menos inmediatas en otras fuentes, como la arqueología, in situ.
De la casa de este período persa no se tienen demasiados datos y aunque se
quiera imaginar, con buena lógica, que era fácil tomar como modelo a la
casa bien desarrollada en Babilonia, esto no debió ser así para una
sociedad de mentalidad nómada. Las primeras casas debieron ser un único
recinto rectangular de adobe, delante del cual se anteponía un gran
espacio cubierto de ramas y sustentado por delgados troncos, a la manera
que se levantaba la parte delantera de la vieja tienda, a la hora de la
tarde-noche. Por ello también se relaciona, sin mucha argumentación, a la
"apadana" o sala de audiencia del palacio aqueménida, con el lugar
de tertulia que proporcionaba este toldo levantado de la primitiva carpa.
Los palacios aqueménidas son una consecuencia de los palacios babilónicos
y, en última instancia, de la arquitectura de la antigua Mesopotamia. Sus
plantas responden a un rectángulo, dentro del cual se encierra un cuadrado
perfecto cuya orientación es consecuencia de la coincidencia de los puntos
cardinales con los vértices del mismo. Este motivo es entendido, durante
este período de aspiración imperialista, como símbolo de los cuatro
confines.
Recordemos que en los palacios asirios, estos espacios cuadrados los
ocupaban los patios, los cuales quedaban muy encerrados en el interior del
conjunto de la edificación. En la arquitectura aqueménida este espacio
cuadrado fue conquistado por las salas hipóstilas, y es posible que fuera
el propio Ciro quien habiendo conocido en Egipto, la suntuosidad y
carácter de concurrencia de dichas estancias, concibiera dicha
transformación en el patio del viejo palacio e introdujera en él, esas
amplias salas repletas de columnas. En consecuencia, también es fácil
relacionar los preciosos techos de aquellas salas egipcias, con los
suntuosos techos planos con que se cubrieron las grandes apadanas o
salas del trono.
El palacio y las otras dependencias que quedaban encerradas en la
ciudadela fortificada, se emplazaban sin demasiados condicionantes
urbanísticos, de manera que no existía, en principio, un sometimiento a
ningún tipo de trama. No obstante, el hecho de que todos los edificios
resultaran paralelos, por razón de que los vértices de su cuadrado
interior debían coincidir con los puntos cardinales, hizo que al
colmatarse el espacio por la introducción de nuevos palacios, en los
amplios espacios libres, resultase al final, una disposición relativamente
ordenada, separada por estrechas calles paralelas y ortogonales, como
ocurriría
en Persépolis.
Como en la vieja Mesopotamia, los palacios aqueménidas se elevaron sobre
terrazas artificiales o plataformas, que en algún caso, como es el de
Persépolis, gran parte de esta elevación se constituyó por una terraza
natural. Pero de forma general, el adobe de aquellos tells que
elevaban a los palacios asirios, fue sustituido por la piedra. A estas
plataformas se accedía a través de una escalera de amplísimas dimensiones
y de escalones de corto peralte y ancha huella, ya que por ella debía
acceder la caballería. En el caso de Pasargada
la anchura de dicha
escalera superaba los 20 m.
No obstante, los muros continuaron siendo de adobe, presentando
retranqueos y resaltos verticales o bandas adelantadas y, también aquí, se
mostraba la referida influencia mesopotámica. De esta forma, estos muros
se manifestaban más potentes, por quedar revestidos o protegidos con
placas de piedras decoradas o ladrillos vidriados (esmaltados), que por su
propio espesor. Además, como en el viejo palacio, las entradas estaban
protegidas por potentes animales con cabezas humanas barbadas y toros
alados.
Se puede hablar en la arquitectura persa desarrollada en el período aqueménida, de dos vocaciones constructivas, por un lado
la de potenciar
la construcción en piedra, material propio y lógico del lugar donde habían
decidido localizar sus asentamientos, y por otro, la de introducir la
madera como material fundamental en la construcción. Los grandes sillares
o piezas pétreas cerraban, acotaban y debían acordarse con la obra de
ladrillo. Este era el material más frecuente y fácil para definir el
sistema constructivo, que propiciaba unos muros heredados y acordes con la
climatología y con la geomorfología del lugar. Ella, les proporcionaba una
arcilla magnífica, en tanto que la piedra se entendía que debía acudir a
la cimentación, a los elementos singulares y de apariencia noble; "una
arquitectura construida bajo un espíritu nacional", de manera que como
elemento de revestimiento, se llevaba su labra, hasta la categoría de
escultura, de fácil e inmediata percepción. Estas piezas pétreas se
alzaban como un sello real e imperialista y, por ello, se trataban con
exquisita perfección en su manejo y tratamiento.

La otra forma de construcción en la que se empeñó la construcción persa,
que entendemos un tanto extranjera, aunque llegó a producir los elementos
más propio de su arquitectura, fue, como acabamos de citar, la
construcción en madera, material del que no disponían y que supuso un
esfuerzo que sólo se justifica por su capacidad por la lucha contra lo
imposible, y su deseo y nostalgia de reproducir elementos vegetales. Para
ello, encontraron su mejor fuente de inspiración en Egipto, y el mejor
material en el Líbano, como podemos ver en el "documento de Susa".
Los persas de este período no tenían tradición de grandes construcciones,
y sólo el empeño en superar las edificaciones babilónicas, el compromiso
imperialista y el hipotecarse en las propias nominaciones de sus reyes,
hizo que el Palacio de Susa y el de Persépolis resultaran obras de enorme
magnitud, brillantez y coherencia. Si Ciro se coronó Rey de todas las
tierras, Darío se autodenominó Rey de Reyes.
Darío debió ser un hombre que valoraba con equidad la obra artística y el
trabajo bien realizado, de manera que fue a buscar a los artesanos mejor
cualificados allí donde los hubiese. Logró el concurso de buenos maestros
procedentes de las áreas donde, en cada caso, había tradición de algún
oficio. La descripción de los colectivos que intervinieron en la
construcción del Palacio de Susa, fue narrada por el propio Darío en el
conocido "documento de Susa" que dice:
"Este es el palacio que en Susa erigí. De lejos se trajo su ornamentación.
Profundamente se excavó la tierra hasta que la roca madre se alcanzó.
Cuando la excavación estuvo abierta, se tendió el ripio, una parte a 40
ells (aproxim. codos) de profundidad, la otra a 20 ells de profundidad.
Sobre este ripio un palacio erigí.
Y excavar la tierra, y tender el ripio, y
moldear el ladrillo, el pueblo de Babilonia lo hizo.
La madera de cedro, de una montaña llamada
Líbano, desde allí se trajo; el pueblo sirio, él lo trajo hasta Babilonia;
desde Babilonia los carrios y jonios lo trajeron a Susa.
La madera de Yaka desde Gandara y Carmania
se trajo. ......
....... Los pilares de piedra que se usaron aquí,
de una cantera llamada Abiradush, en Uja, de allí se trajeron.
Los canteros que trabajaron la piedra, estos fueron jonios y sardos. Los
orfebres que trabajaron el oro, estos fueron medos y egipcios.
....... Los hombres que trabajaron el
ladrillo cocido, estos fueron babilonios. Los que adornaron la pared
fueron medos y egipcios".
El largo documento comenta que, para la ornamentación, las piedras
turquesas procedían de Chorasmia, el lapislázuli y la cornalina roja se
traían de Sogdiana, el oro de Sarde y de Bactria, la plata y el cobre de
Egipto y que el marfil procedía de Etiopía, Sind y Arachosia. También
hace un cuidadoso reconocimiento de la procedencia de los artesanos que
trabajaron todas estas artes y materiales.
Lo verdaderamente sorprendente después de haber expuesto el contenido del
documento de Susa, donde vemos la cantidad de operarios que intervienen de
tan distinta procedencia, es la gran coherencia del resultado y la unidad
de concepción y estilo. Ello obliga a admitir que por encima de unas
tecnologías extranjeras y de unos oficios bien desarrollados en los cuatro
confines, las bases e ideas de lo que debía ser la arquitectura palatina
persa, estaban claras y profundamente enraizadas en el espíritu de un
pueblo. Así como que el arquitecto, quizás el propio rey o persona muy
próxima a él, conocía la historia, la tradición y la dirección del futuro
de su pueblo, tal como expusimos, en el capítulo primero de esta Historia
de la Construcción, al hablar del papel que asumía el rey en la vieja
Mesopotamia y en la Babilonia de Hammurabi.
Aunque es cierto que esta unidad de la concepción persa debió imponerla el
rey, sólo la presencia de Teléfano de Focea, magnífico escultor de origen
persa y amante como nadie de los buenos acabados, justifica no sólo la
perfección de los bajorrelieves pétreos que adornan las escaleras sino, lo
más importante, la unificación de criterios y la coherencia de la
arquitectura aqueménida. Imponer una línea o estilo unificado a pesar de
la concurrencia de tantos artesanos de tan distintos lugares, con los
vicios lógicos de los oficios bien aprendidos por tradición, sólo se logra
por la presencia de un maestro de clara exposición y alto respeto.
Se ha calificado a esta unidad de la arquitectura persa, como de
"enraizado espíritu nacional". El documento de Susa, constituye un
reconocimiento, proclamado por un hombre equitativo y hábil, capaz de
crear el compromiso de unidad en los propios obreros y el orgullo de ser
persa. El mismo documento conforma, de manera definitiva, el nacimiento de
un estilo para la arquitectura persa y un compromiso de calidad para la
construcción de la misma.

El Palacio que Ciro construyó en Pasargada (560 a.C.), se tiene como el
primer edificio persa, aunque también es algo extraño y sorprendente la
maestría que presenta la labra de sus elementos pétreos, lo cual hace
pensar que aunque vinieron canteros sardos como prueban las marcas o
firmas observadas en algunos sillares, hay una clara muestra de ausencia
de aprendizaje que demuestra que, en Pasargada, debía haber buenos
maestros canteros con tradición en el oficio. Por otro lado, Ciro no
disponía de los medios que luego dispuso Darío para reclamar el concurso
de maestros extranjeros; por ello, es obvio que Ciro debió disponer de
canteros persas (medos y urartios). De estos últimos se conocen restos de
algunos emplazamientos con amplias obras de fundaciones pétreas y sus
magníficos hipogeos labrados en las rocas con frentes muy
decorativos. También era lógico que este oficio estuviera bien
desarrollado en el área de Pasargada,
donde la piedra, muy apta para la edificación, afloraba espontáneamente y
se ofrecía como material local e inmediato.
Las principales ciudades persa-aqueménidas, como consecuencia de que en
ellas construyeran sus reyes palacios y residencias, fueron: Pasargada,
Susa, Ecbatana y Parsa, que los griegos llamaron Persépolis. Como hemos
dicho, el Palacio de Ciro en Pasargada se tiene como el primer gran
edificio persa-aqueménida, no obstante se trataba de un recinto debilmente
amurallado, en el que los edificios con plataformas individuales, quedaban
colocados sin ninguna ley y bastante aislados o dispersos, con amplios
espacios ajardinados entre ellos. Se emplazaban así, la Puerta con su sala
hipóstila de ocho columnas y entrada por los cuatro costados, la Apadana
o sala de Audiencia y el Palacio o residencia de Ciro.
Las plataformas de Pasargada estaban construidas con grandes bloques de
piedra, bien labrados y perfilados en sus aristas, de forma que quedaban
colocados sin morteros y unidos por grapas metálicas en forma de colas de
golondrina o de paloma, que nosotros llamaríamos de milano. Recordemos que
en este área geográfica, los hititas, descubrieron el hierro casi un
milenio antes. Aunque la fábrica pétrea, empleada en estas plataformas
artificiales, era una sillería no isodoma, mantenía bien la horizontalidad
de las hiladas; cosa que no se cuidó ni en la plataforma de Susa, ni en la
Persépolis.
La Apadana o hall de audiencia era también una sala hipóstila de 34x23 m².,
que disponía de dos filas de cuatro columnas lisas de piedra caliza gris
entre los muros de 3,40 m. de espesor, de adobe, forrados de caliza gris y
blanca, produciendo un alarde de obra bien labrada y ejecutada. La altura
de dichas columnas, incluyendo su capitel jónico, era de 11 m. y estaban
apoyadas sobre basas de piedra negra (muy dura). Las columnas de los
cuatro pórticos que, en doble fila, rodeaban a la apadana eran de
5,50 m. de altura, lo cual permitía la iluminación por encima de dichos
pórticos.
 
La Residencia Real, el edificio situado más al Norte, se definía como un
edificio rectangular con un amplio pórtico al SE., con 20 pares de
columnas, y otro pórtico, in antis, al NO. con 14 pares de ellas. En su
interior, la Sala del Trono de 26x23 m²., también hipóstila, disponía de
30 columnas en 5 filas de 6 unidades cada una. La luz media de los
intercolumnios de los pórticos, interejes, era de 3,8 m. y es muy posible
que estas columnas fuesen de madera, recubiertas de gruesas capas de
mortero de cal con una estructura de cordeles. Esta técnica de construir
columnas con un alma o núcleo de madera recubierta con mortero era
frecuente en este período persa. No obstante, la calidad del mortero era
tan buena que los historiadores la tienen por un magnífico estuco. Los
muros de adobe quedaban pintados de blanco.
Susa se convirtió en la primera capital del estado persa, erigiéndose en
la sucesora de Babilonia. El gran Darío I construyó allí su palacio hacia
el año 520 a.C. con la concurrencia de profesionales de todos los
confines, como hemos visto al exponer el "Documento de Susa". Más
tarde, hacia el año 375 a.C., fue Artajerjes II quien construyó en este
mismo lugar su célebre palacio, conocido por la calidad a que se llego en
los ladrillos con relieves, esmaltados y vidriados, del que se conocen
ampliamente los frisos "de los arqueros" y "de los leones". Aquí se
lograron los mejores ladrillos coloreados y vidriados antes de ser
colocados y, también, los que fueron esmaltados una vez colocados. Estos
ladrillos, se moldeaban con relieves y rehundidos con bordes afilados, de
manera que al pintarlos, el pincel encontrara el borde de separación de un
color con otro.
El palacio de Darío en Susa se construyó cuando los griegos laminaban el
mármol y tenían a pleno rendimiento la producción industrial de la teja, y
desde la Isla de Naxos se trajeron las tejas que revistieron la cubierta
aterrazada de dicho palacio. Este palacio, dispuso de los capiteles
horquillados "protomos", o de toros postrados unidos por sus lomos,
aunque directamente asentados sobre las columnas, es decir, sin el juego
floral y de rollos de volutas, que disponen los mismos en el palacio de Persépolis. Pero de estos capiteles, cargados de influencias y sin
precedentes, seguiremos hablando más adelante.
La construcción de los palacios de Persépolis fue iniciada por Darío el
año 518 a.C., continuada por Jerjes I que, desde el año 486 a.C. y hasta
su muerte en 465 a.C., fue quien acabó y realizó la mayor parte de las
obras, y finalmente, fue Artajerjes I quien en el año 460 a.C. los
entendió como acabados. Este conjunto de edificios se emplazaban sobre un
bancal natural de piedra caliza donde se construyó una amplia plataforma,
en parte excavada, en parte constituida po r grandes bloques unidos por
grapas metálicas. Esta plataforma rectangular dispuso de una superficie de
460x275 m²., siendo la cota del plano horizontal donde se situaba la
Puerta de Jerjes de 11,70 m. y la del plano donde se encontraba la Gran
Apadana o Sala de Audiencia de 15 m., ambas referidas a la cota del
entorno exterior de la elevación en la esquina S.O.. Se accedía a estas
plataformas por magníficas escalinatas de casi 7 m. de amplitud, dotadas
de escalones de amplia huella, pues como ya hemos dicho, por estas,
accedía la caballería.
Estos palacios fueron destruidos con saña por Alejandro Magno el año 331
a.C., después de Derrotar a Darío III el Joven, creyendo que arrasándolos,
quedaba desmantelado el poder persa. No obstante, es una de las grandes
obras que aún hoy podría reconstruirse con relativa fidelidad, de manera
que mostrase el aspecto original de sus edificios y el de su ambiciosa
apariencia.
La Gran Apadana o Sala de Audiencia de Darío, se definía como un edificio
con cuatro torres potentes en cada una de sus esquinas, de manera que se
rodeaba de tres pórticos externos y abiertos, en tanto que el costado Sur,
que debía conformar el cuarto pórtico, estaba ocupado por un conjunto de
pequeños apartamentos.
Encerrada entre gruesos muros de adobe (ladrillos sin cochura) de 11 codos
(6,05 m.) de espesor,
se encontraba la gran sala de audiencia, hipóstila y
cuadrada,
con 36 columnas y de 112 codos (61,6m.) de lado interior. Las columnas
dispuestas en seis líneas de seis unidades, tomaban una altura de 23,3
codos (13m.) y se separaban entre sí, 16 codos (algo más de 8,5m.), pues
de esta medida fueron las mayores vigas de cedro que se usaron en estos
complejos. Esta puede ser una de las razones, acercar los intercolumnios,
que les llevara a un capitel tan elaborado y, como hemos dicho, sin
precedentes, en la arquitectura occidental.
Estas columnas pétreas presentaban abundantes estrias vivas, muchas más
que las griegas e incluso que las egipcias; las de esta sala tenían 42
estrias, aunque era más frecuente que tuvieran 40 estrias. Por otro lado,
el diámetro de las mismas no superaba los 3,5 pies (1,15m.), lo que
supone, dada su altura, una gran esbeltez (11,3). Recordemos que la
columna egipcia se mantenía en una esbeltez de 7, y las griegas
mantuvieron entre 6 y 8 esta razón entre su altura y el diámetro de la
base. Como también hemos señalado, estas salas de audiencias, debieron ser
importadas de Egipto durante el tiempo de Ciro, aún cuando se afirma que
la habitación cuajada de columnas es de origen medo. Pero la construcción
meda, al igual que su arqueología, es una página en blanco en la historia.
Por otro lado es bien sabido que las formas egipcias habían sido ya
apreciadas por Ciro, y que impresionaron a Darío. La huella extranjera
queda bien sintetizada en la coronación de las puertas adinteladas, donde
se funde el caveto egipcio y el astrágalo griego de ovas (pétalos
colgados), pero el arte en conjunto y la concepción formal como propuesta
de unificación es puramente persa.
Los muros de la gran apadana, así como los de todas la construcciones
persas eran de adobe, (ladrillos sin cochura, cuadrados de un pie de lado
y de unos 8 cm. de espesor), y mostraban en su elaboración toda la
influencia asiria y la de la vieja Mesopotamia, en los retranqueos o
resaltos verticales. Estos muros quedaban enmarcados por elementos pétreos
de gran monolitismo, generalmente puertas adinteladas, las cuales eran de
sólo dos o tres piezas y en algún caso, (aparte de la nacela de
coronación) de una única piedra. En Persépolis, estas puertas de piedra
caliza gris, que más que tales, eran portadas, fueron, más que labradas,
esculpidas por maestros que tenían que trabajar con más sentido de
escultor que de canteros.
Como acabamos de detallar, las puertas se coronaban o decoraban con el
astrágalo o baquetón de ovas y con la nacela o caveto egipcio, pero esta
decoración no era patrimonio ni del material pétreo, ni de la obra
palacial. Estas decoraciones acompañaban a las puertas de otras muchas
construcciones, es posible encontrarlas incluso sobre fábricas de
morrillos poco ordenadas o de ladrillo, aún en el caso de que el hueco al
que adornan sea un arco. En este último caso, el astrágalo y el caveto, de
mortero o de estuco, se colocaban coronando al alfiz que investía al arco
y, en ocasiones, estos elementos decorativos se repetían o asociaban
mostrando claramente su procedencia egipcia.
Pero volviendo a la gran Apadana de Persépolis, y a sus dobles filas de
columnas que componían los peristilos de los tres pórticos exteriores, la
altura de las mismas no superaba la mitad de las de la sala. Probablemente
esta sala se iluminaba, además de por la puerta, por ventanas superiores,
colocadas por encima de los pórticos exteriores. Con frecuencia estas
columnas eran de madera, en la técnica que anteriormente hemos expuesto;
es decir, revestidas por gruesas capas de pasta de cal, armadas de una
trama de esparto o cuerdas. La pasta de cal se apretaba hasta la categoría
de un estucado. Estas columnas de cortos intercolumnios (entre 3,8 y 4 m.)
se coronaban con capiteles jónicos, probablemente de madera, y
quedaban apoyadas con corta entrega en una basa de piedra negra, una
caliza tan dura que en ocasiones se le ha descrito como mármol.
La Gran Apadana, como todas estas construcciones persas, se cubría con una
terraza defendida por un pretil almenado colocado por encima de un friso
dentado. La terraza era soportada por un techo plano de vigas de cedro que
constituía un suntuoso artesonado. Pero de estos techos y de los capiteles
"protomos" que lo soportaban, hablaremos con todo detalle al tratar el
Salón del Trono o Sala de las Cien Columnas. Aún en tiempo de Darío se
construyeron otros edificios en el conjunto, detrás de la Apadana se
levantaron, en su esquina más occidental, el pequeño palacio residencial
y, en la esquina oriental el Tripylon, (edificio con tres puertas) que se
conectaba con las estancias reales, con las de los altos cargos de la
guardia y personas de confianza del rey. También en tiempo de Darío se
inició la construcción del Tesoro.
Al contrario que en los palacios asirios del tiempo de Sargón II en
Khorsabad, los cuales disponían de patios fuertemente cerrados, los
edificios de Persépolis, se abrían con pórticos a espacios muy abiertos.
Como ya dijimos al tratar de la orientación de los edificios de Pasargada,
el hecho de que las plantas de estos respondiesen a rectángulos o
cuadrados, cuyos vértices debían orientarse según los puntos cardinales, y
dado que esta orientación la seguía la sala principal cuadrada emplazada
en su centro, lograba que los edificios aunque dispersos mantuvieran sus
fachadas paralelas. Más tarde, los sucesivos monarcas al emplazar sus
nuevos edificios bajo la misma ley, hacían que se originaran, aunque
paralelas, estrechas calles sin salidas, a modo de laberinto, como podemos
ver en Persépolis.
La Sala de las Cien Columnas o salón del trono de Jerjes era una gran sala
cuadrada, encerrada por muros de paredes dobles, de adobe, de casi 3,40
m. de espesor cada una, y con una galería o espacio accesible, de más de
3,00 m. de ancho entre ambas paredes. La gran sala se comunicaba con estas
galerías o pasillos cerrados, a través de puertas pétreas de magníficas
proporciones y presencia. En el lado frontal de la suntuosa sala, la pared
era simple, de igual espesor que las que contribuían a formar el muro de
doble pared de los otros costados, y disponía de dos puertas y siete
ventanas que la comunicaban con el pórtico frontal. Este pórtico in antis,
se
conformaba por un doble peristilo de ocho columnas cada uno.
En la Sala de las Cien Columnas, las dimensiones interiores eran, para
cada uno de los lados, de 125 codos (68,7m.) y para cada una de las 10
filas de 10 columnas, en ambas direcciones, el intercolumnio o la
distancia entre ellas era de 6,25 m.. Las bellísimas columnas de casi 14
m. de altura, estaban engalanadas con elementos vegetales de inspiración
egipcia y capiteles de pares de toros pétreos postrados y unidos por sus
lomos.
Si bien
hemos señalado las influencias egipcias de los elementos que decoraban el
fuste de la columna, los capiteles de Persépolis o los del Palacio de
Artajerjes II en Susa, no tienen precedentes ni continuidad y, como ya
hemos señalado, no se puede buscar en ellos influencias extranjeras. La
solución de horquillado de la viga de la tienda nómada y de la primitiva
cabaña de estos pueblos, era algo bien conocido por sus tribus, pero el
ingenio con que los animales fantásticos, extraídos del período
babilónico, son subidos al capitel para resolver el problema mecánico de
la viga por acortamiento de la luz de flexión de la misma, es factura
original de este momento relativamente puntual de la arquitectura aqueménida. El cuerpo bajo del capitel que recuerda al rollo de papiro
abierto, está bien reconocido en el árbol jónico y experimentado en el
capitel de Neandría.
Algo más sorprendente pueden parecernos las basas de Persépolis, pues
hasta aquí, las columnas pétreas (claramente jónicas) de grandes sillares
o tambores toscamente labrados (como corresponde a la primitiva
arquitectura meda), habían lucido basas jónicas, doble tóricas sobre
basamentos cuadrados. En la Sala de las Cien Columnas la basa se
constituye por un baquetón tórico o bocel endeble, en la parte superior de
la misma. Desde aquí, descuelga una campánula de hojas, a modo de capitel
palmiforme invertido,
para descansar en un basamento circular o disco de corta altura.
Estas formas, del capitel y de la basa, pueden parecer rebuscadas, y es
posible que hasta lo sean en exceso, pero vistos o imaginados allí, cuya
imágen no debía apartarse mucho del magnífico dibujo de S. B. Fletcher's,
el conjunto debía mantener una suntuosidad espléndida. Pues, sin duda, los
techos de estas salas palatinas y muy concretamente el de la Sala de las
Cien Columnas era, cuando menos, una de las más nobles estructuras de la
arquitectura antigua. El techo de madera de cedro de estas salas
hipóstilas requieren un detallado análisis y la persona interesada en ello
encontrará elementos y material suficiente para llevarlo a cabo.
Sobre los lomos de los cuerpos unidos de los toros se emplazaba una zapata
de madera que conformaba, con las cabezas de estos animales, un capitel en
cruz que, como ya hemos repetido con anterioridad, acortaba
considerablemente la luz real de flexión de las grandes vigas. Estas
crucetas en ménsulas alcanzaban algo más 5,20m. de amplitud en el caso de
Susa y en torno a 3,40m. en el caso de Persépolis. Ello suponía, que la
luz libre de la viga que apoyaba en estas ménsulas, se redujese a casi la
mitad y que el aspecto del conjunto de las vigas artesas con los
capiteles, al menos en la dirección de los animales, pareciera más una
arquería que un sistema adintelado.
En la Gran Apadana las vigas mayores eran de 8,5 m. de luz, en tanto que
en el Salón del Trono sólo sobrepasaban ligeramente a los seis metros,
pero en todos los casos, estas vigas de cedro que definían los recuadros
intercolumnios, así como todas las vigas que iban a conformar el techo, se
constituían como pareadas, de manera que cada una de las que constituían
un par de vigas paralelas, pertenecían o definían marcos de recuadros
contiguos. Una vez que estos pares de vigas estaban colocados en su sitio
y en su marco, se unían por debajo por un baquetón, y por encima con un
durmiente, pasando entonces a conformar una autentica viga cajón. "Nivel
1 en los dibujos".
Mientras estaban descargadas estas vigas, y antes de conformar la viga
cajón, no cabía esperar ninguna deformación por flecha, ya que en vacío,
más allá de la parte apoyada en los capiteles y zapatas, no quedaba nunca
más del 60% de su longitud. Por ello, y como acabamos de señalar, aunque
la distancia entre columnas era algo menos de 12 codos (6,25 m.) en la
Sala del Tesoro, el acortamiento que suponía el avance de las ménsulas que
componían al capitel en cruz, hacía que las vigas que descargaban en
dichas columnas, pudieran ser dimensionadas con una luz no mayor de 4 m.,
en condiciones de empotrada-empotrada, que era como quedaban trabajando
una vez construida la terraza; esto, junto con la propia condición de
viga-cajón, determinaba una sección de escuadría mucho menor que la que se
hubiese requerido para la luz real y condiciones de apoyada-apoyada. Este
artilugio o habilidad mecánica era aún más importante y notoria en el
techo de la Gran Apadana, donde la longitud de la viga o distancia entre
columnas era de 8,50 m.
Pero volviendo a nuestra Sala de las Cien Columnas, sobre el recuadro
anteriormente descrito, o marco principal que hemos definido como
"Nivel 1", se apoyaban cuatro recuadros o marcos menores. La luz de
estos recuadros era algo menor a 6 codos (3,00 m.) y ellos, constituían el
plano definido como "Nivel 2" o de artesas intermedias. Los cuatro
marcos quedan apoyados, en dos de sus bordes, sobre el tablón durmiente
del recuadro inferior, mientras que los otros dos bordes restantes pasan a
constituir un par de vigas, también de cajón, que cruzaban el recuadro
mayor dividiéndolo en cortos cuarteles, a modo de lo que hoy entenderíamos
por abrochalamiento cruzado. Dentro de estos marcos intermedios se
insertaban ahora nueve recuadros menores "Nivel 3 o de artesas menores",
de una luz de marco que escasamente alcanzaban 3 pies (aprox.=1m.), de
manera que, también y como en los niveles inferiores constituían nervios o
piezas cerradas en viga-cajón. "Nivel 3".
No puede descartarse que estos techos de madera, construidos con tanta
maestría desde los planteamientos iniciales, no tengan alguna influencia
oriental, ni podemos rechazar que su influencia no llegara al artesonado
plano de la construcción de Occidente, apoyándonos en que los romanos no
pudieron admirar estos trabajos más que por descripciones griegas, ya que
fue Alejandro de Macedonia quien se encargó de destruir, el año 331 a.C.,
estos palacios de Persépolis, hasta su ruina total, pues es muy posible
que griegos y romanos encontraran techos construidos en la forma y
tecnología de estas trazas en otros edificios de escala más doméstica, ya
que, una forma constructiva, una vez dominada no es fácil de anular
definitivamente.

Por último, no podemos cerrar este apartado sin detenernos a estudiar,
ligeramente, la construcción de la arquitectura funeraria aqueménida. No
obstante, queremos recordar que el fin principal del estudio de este
trabajo ha sido, el recalcar la forma y tratamiento de los gruesos muros
de ladrillos con resaltos verticales; denunciar el uso habitual de la
piedra con su tradicional nobleza, allí donde la había; dejar constancia
del empeño de los reyes persas en la consecución de lo imposible; y
encontrar la continuidad de las bases de la construcción persa desde
Babilonia hasta la etapa sasánida.
La forma más frecuente de enterramiento del período aqueménida fue la del
hipogeo rupestre con acceso directo, pero refiriéndonos a las
tumbas reales, en general, los monarcas de esta etapa persa decidieron
colocar sus tumbas hipogeos elevadas a distintas alturas sobre el
desfiladero o valle. Son célebres las labradas en los farallones de Naqs-i
Rustam, donde Darío el Grande hizo labrar su conocido enterramiento en
cruz. La gran excepción respecto de estas tumbas hipogeos fue la tumba
capilla de Ciro, aunque a mejor decir, la excepción no fue de este primer
monarca aqueménida, sino de su momento histórico, pues en ese tiempo
surgieron un conjunto de capillas de enterramiento que no se repitió más
tarde. 
La tumba de Ciro es tan singular e impropia como forma funeraria del
tiempo aqueménida, que cada historiador encuentra un estilo u origen
distinto. Se ha dicho de origen medo; aún admitiendo la ascendencia meda
del hipogéo aqueménida, se dice de procedencia hitita y a la vez, que se
nota la mano griega en su construcción. Por otro lado, no se puede
asegurar que no fueran urartios los canteros que labraron los
sillares. Nosotros sólo la traemos como testimonio de la buena labra que
se dió a la obra pétrea, en tiempo de Ciro, y entendemos que el monarca,
buscando una identidad histórica decidió reposar en un templo-ziggurat. En
su lecho de oro figuraba una inscripción que decía: "Yo soy Ciro el que
fundó el imperio persa y fue rey de Asia. No me envidies por este
monumento". Ello significa que lo ve terminado y que está orgulloso de
él.
La tumba de Ciro se constituye por un estereobato o podio de seis gradas,
que alcanza una altura de 5 metros. En él y sobre una base de 13,38x12,34
m2., las tres gradas más bajas se constituyen con sillares de
casi un metro de canto, en tanto que las tres superiores toman una altura
de unos 70 cm. cada una. Sobre el estilobato o última grada se
levanta el pequeño templo cuya altura, hasta la cornisa que señala el
nacimiento de la cubierta a dos vertientes, es de cuatro metros y se logra
con sólo cuatro hiladas. De estas, la inferior que define la altura de la
pequeña puerta, alcanza una altura de sillar de 1,35 metros. Las
tres hiladas superiores se reparten el resto de la altura por igual. Sobre
una cornisa clásica pero simple, sin decoración como todo el monumento, se
resuelve la cubierta a dos aguas, usando para ello sólo siete grandes
piedras.
La tumba de Ciro, que hoy se conoce como Tumba de la Madre de Salomón,
se emplazó a un kilómetro al Sur de Pasargada, en el centro de un patio
cuadrado definido por un muro de adobe. Se realizó, toda ella, con la
misma piedra caliza y aún asombra la magnífica labra de sus enormes
sillares, bien aristados y colocados a hueso.
Una de las tumbas reales que se esculpen en los verticales farallones de
Naqs-i Rustam, ya para entonces tenido como lugar sagrado, es la tumba
hipogéo del Gran Darío. A unos cinco kilómetros de Parsa "Persépolis" y
sobre las paredes de este precioso desfiladero, se excavó un plano
rehundido en forma de cruz de 11,5 m. de altura y 7,40 m. de anchura, en
ella se labró la fachada en piedra caliza de la tumba del Rey de Reyes y
cerca de ella se levantó una torre "templo de fuego", también en
piedra del lugar. La forma de cruz era la forma habitual de estos
enterramientos y así se siguió labrando después de la muerte de Darío, lo
cual puede darnos a entender que el Gran Rey no se ocupó de proveerse una
tumba de mayor significación o que ni siquiera se ocupó de su vida
posterior.
Casi toda la información que se requeriría para la hipotética
reconstrucción de los Palacios de Persépolis, podría extraerse de las
representaciones que figuran en las fachadas de las tumbas de Darío,
Jerjes y Artajerjes, en Naqs-i Rustan, pues los reyes decidieron
representar aquí, el aspecto de las salas de audiencia de sus palacios,
con sus capiteles de protomos, cornisas denticulares y friso de
procesiones. Una vez más, se pone de manifiesto que en, este período, se
dispuso de buenos canteros locales o que, de los distintos puntos del
reino pudieron convocarse.
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